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Manuel Manzano

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Una vivienda para integrar Más de un mes

Manuel Manzano

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(Continuación 9)


 


Aníbal abrió el frigorífico y se dispuso a mostrar su contenido. Varios platos conteniendo fritangas a medio consumir y rebosantes de grasa, se ubicaban dispersos por las baldas del electrodoméstico. Algunas viandas se atrincheraban envueltas en papel de celofán. Una huevera de cartón, con su parte posterior desprendida, mostraba media docena de huevos, alguno de ellos reventados y dejando las yemas al descubierto. En primer plano se exhibía un tetrabrik de leche con los bordes mordisqueados y con huellas de haber sido sometido a intenso chupeteo. En torno a él, un bloque de mantequilla salpicada de confitura roja, provocaba repulsión.


Lucía y Estela no podían resistir más. Salieron apresuradas buscando refugio en algún lugar de la casa, en la que se encontraran a salvo de olores pestilentes y sensaciones de empachoso desagrado. Buscando ponerse a salvo se toparon con la habitación que estaba rotulada como el cuarto central de la casa. No sin recelos, penetraron dentro de él y presenciaron estupefactas un panorama que oscilaba entre lo siniestro y la liturgia de la magia. El espacio estaba atiborrado de velas distribuidas en círculos concéntricos que rodeaban una especie de altar. Éste se exhibía cubierto de viejas casullas raídas y de vivo colorido, que a buen seguro habrían sido conseguidas en algún monasterio o ermita declarados en ruinas o cerrados por falta de clientela. Sobre el altar sobresalía una urna, también franqueada por varias gruesas candelas de colores. Éstas, a diferencia de las que poblaban el resto del espacio, estaban encendidas. Una corona mortuoria con flores secas, colgaba de la pared frontal rodeada de fotografías ajadas y descoloridas. Los muros laterales exhibían sendos murales confeccionados con dudoso arte. Recortes fotográficos de revistas y rótulos exagerados se aglomeraban sin orden sobre el área de papel de embalar habilitada para tal objeto. Encima de cada mural regía una cruz.


Aníbal entró acelerado en el recinto y con cierto rubor les dijo a sus acompañantes:


-          Es mi madre”.


Estela y Lucía se miraron expresando en sus rostros la confusión producida por el escenario que contemplaban y la confesión que acaban de escuchar. Permanecieron varios segundos en silencio, no atreviéndose a decir ni preguntar nada.


-          La urna. Contiene las cenizas de mi madre. Aquí me encierro yo todas las noches para rendirle el homenaje que se merece. Ha sido todo en mi vida. Y soporto a duras penas su gran pérdida.