(Continuación 9)
Aníbal abrió el frigorífico y se dispuso a mostrar su contenido. Varios platos conteniendo fritangas a medio consumir y rebosantes de grasa, se ubicaban dispersos por las baldas del electrodoméstico. Algunas viandas se atrincheraban envueltas en papel de celofán. Una huevera de cartón, con su parte posterior desprendida, mostraba media docena de huevos, alguno de ellos reventados y dejando las yemas al descubierto. En primer plano se exhibía un tetrabrik de leche con los bordes mordisqueados y con huellas de haber sido sometido a intenso chupeteo. En torno a él, un bloque de mantequilla salpicada de confitura roja, provocaba repulsión.
Lucía y Estela no podían resistir más. Salieron apresuradas buscando refugio en algún lugar de la casa, en la que se encontraran a salvo de olores pestilentes y sensaciones de empachoso desagrado. Buscando ponerse a salvo se toparon con la habitación que estaba rotulada como el cuarto central de
Aníbal entró acelerado en el recinto y con cierto rubor les dijo a sus acompañantes:
- “Es mi madre”.
Estela y Lucía se miraron expresando en sus rostros la confusión producida por el escenario que contemplaban y la confesión que acaban de escuchar. Permanecieron varios segundos en silencio, no atreviéndose a decir ni preguntar nada.
- “
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